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ALABASTER, Madrid.





Dicen que lo mío tiene cura. Si me centro en la realidad, si dejo de soñar y dejo de imaginarme recreando platos impresionantes en mi cocina, puedo curarme. O también  dejando de emocionarme al leer la carta de algún que otro restaurante. Puedo curarme si dejo de tirarme en la alfombra de la habitación de Nico e inventarme con él un "mundo" en el que las personas siempre se llevan bien. Puedo curarme si me centro, dicen los descentrados. Puedo dejar de ilusionarme cuando me llaman para un "presstrip", "blogtrip" o un café con cualquiera de las personas a las que admiro y adoro. Tengo cura si me centro en mi trabajo y persigo una ambición inexistente. Perdónenme, pero lo de perseguir una ambición es como perseguir al viento.

Mi ambición. Ahí sentado a mi lado.

También llamaron ambicioso a Iván Domínguez cuando quiso llevar Galicia a la capital de España. Cuando dijo que quería que en cada plato se saborease el Atlánctico o incluso que las recetas más madrileñas tuvieran su fondo gallego. Le llamaron ambicioso pero se equivocaron, tendrían que llamarle soñador, alquimista de sensaciones o incluso acortador de distancias. Saborear la Galicia más auténtica en el centro de Madrid es algo de lo que muy pocos puedan presumir y uno de ellos es Iván Domínguez.


El restaurante con un diseño elegante y aprovechando la arquitectura original.

Alta cocina gallega al lado del Parque del Retiro y cerquita de la Puerta de Alcalá. Con toques castellanos pero todo el sabor de Galicia y del Atlántico. Lo ha conseguido.

Aunque en Madrid gusta lo gallego (me he pasado por delante de varios establecimientos y estaban todos llenos en distintos días), no es fácil hacerlo tan bien como lo hacen en Alabaster. 



Un servicio de sala impecable y unos platos que nos trasladan a cualquiera de los pueblitos pesqueros gallegos o, en el caso de la carne, a las montañas de Chandrexa de queixa (Ourense) donde las vacas autóctonas campan a sus anchas.

Y después de darle muchas vueltas a la carta, esto es por lo que nos hemos decantado.




Como entrante de la casa: una brandada de bacalao para untar en unos chicharrones de sus pieles. Algo espectacular.




Sardinas ahumadas en tosta con queso de Arzúa, tomate y cebolleta. Un placer para los sentidos.




Vieiras curadas en Auga Mareira con emulsión de sus corales escabechados y galleta de linaza. El sabor delicado de la vieira no se ve alterado por sus acompañantes, es más, lo resaltan aún más.



Otra sorpresa, nos propusieron la alternativa de pedir dos platos principales pero en modo "compartir", es decir, un plato repartido en dos y emplatado maravillosamente. Un acierto.

Rape con guiso de mejillones y patatas. Contundencia en la salsa del guiso en la que se concentra todo el sabor. El de las patatas me recuerda a las del cocido gallego.



Rabo de vaca al vino tinto, puré de manzana asada y ensalada de anisado. Miedo me daban los anisados, pero finalmente resultó ser un toque sutil en un plato de carne suave pero con mucha fuerza en la reducción del vino tinto con la salsa. Impecable. Este plato me recuerda a algún rabo de toro, al menos en su contundencia. 






En los postres dos platos sencillos pero presentados maravillosamente y ricos, ricos.


Crema de queso San Simón, galleta y fresas.  Eché un poco en falta el toque ahumado que tiene este queso en su condición normal. Aún así muy recomendable.



Chocolate en texturas y helado de vainilla. En la carta viene con helado de hierbabuena pero decidimos cambiarlo por el pequeño gastrónomo heladero de cinco años que nos acompañaba. Muy rico y divertido probando las diferentes formas del chocolate. 





Un lugar en el centro de Madrid para disfrutar de la alta cocina gallega. Muy recomendable en todos los sentidos.





Galleguizaos mis comilones.



La creatividad de los platos también se le contagio a Nico.

Dibujitos hechos con semillas decorativas del post-postre